Por primera vez en la historia, la humanidad se ha vuelto simultáneamente sujeto, observadora y objeto operativo de su propio proceso de formación cultural. Este ensayo parte de esa constatación y extrae de ella una consecuencia práctica: si el ciudadano pasó a ser, al mismo tiempo, quien observa y lo que es observado, entonces le falta un instrumento. No para descubrir de qué partido está más cerca — eso ya existe, y se acreditará más adelante —, sino para ver cómo el campo entero se reorganiza cuando se lo observa desde donde él está.
La Constelación Política es un modelo que sustituye los ejes fijos de la geometría cartesiana por núcleos de convergencia dinámicos — puntos de gravedad intelectual que se forman, se desplazan y se disuelven según la proximidad real de pensamiento entre posiciones, sin un centro absoluto de referencia. Como toda constelación, es la fotografía de un momento: un recorte temporal que revela relaciones de distanciamiento y proximidad entre dos o más posiciones, válido para el instante en que se lo observa, y para quien lo observa.
Más que una corrección geométrica, es un intento de devolver al observador común su propio punto de vista. Percibir, por cuenta propia y tema por tema, a qué distancia se está de cada posición — antes de cualquier etiqueta de bloque — es una forma de liberación anterior a cualquier elección entre izquierda y derecha. Es esa relevancia, y no la elegancia del modelo en sí, lo que justifica el esfuerzo de proponerlo.
La génesis: por qué este texto comienza contando cómo llegó hasta aquí
La mayoría de los modelos teóricos se presenta ya terminada, como si hubiese nacido entera de una intuición aislada. Este texto propone lo contrario: registrar el propio razonamiento que lo produjo, porque la forma de gestación de una hipótesis explica tanto como la hipótesis misma — y porque el recorrido, en este caso, enseñó más que el destino.
El punto de partida fue el más elemental posible, del tipo que suele considerarse demasiado ingenuo para formularse en voz alta: ¿por qué la política se describe mediante una línea con dos polos? La respuesta es histórica, no teórica. La disposición física de los diputados en la Asamblea Nacional Francesa de 1789 — monárquicos a la derecha de la mesa, reformistas a la izquierda — convirtió un accidente de asiento en metáfora permanente.
Descubrir eso produce una incomodidad específica, y vale nombrarla, porque fue ella la que empujó todo lo que vino después. No es la incomodidad de saber que un modelo es imperfecto — todos lo son. Es la de advertir que se estaba usando, para pensar la propia vida pública, una regla cuya graduación nadie eligió, y cuyo origen es una sala de reuniones del siglo XVIII.
El recorrido que siguió pasó por Eysenck, por la herradura, por los diagramas de dos ejes, y llegó a un giro que parecía enteramente nuevo — hasta encontrar, más adelante, un conjunto de autores que ya había recorrido buena parte del mismo camino, con más rigor y cincuenta años de antelación. Ese encuentro está registrado en la sección V, sin atenuantes, porque fue la parte más instructiva del proceso. Descubrir que la intuición no era original, pero estaba en lo cierto, es una forma poco común de buena noticia: significa que se acertó con el problema, y que el instrumental para atacarlo ya existía, esperando un uso que nadie le había dado.
Hubo, después, un segundo descubrimiento, más duro que el primero, y está registrado en la sección XI. No solo el instrumental ya existía: también el uso. Instrumentos que entregan al ciudadano el cálculo de su proximidad respecto de los partidos operan desde hace décadas, a escala de decenas de millones de personas. Fue necesario entonces reformular la pregunta una tercera vez — ya no “cuántos ejes”, ni “quién recibe el resultado”, sino: ¿qué muestran exactamente esos instrumentos, y qué no muestran? La respuesta a esa última pregunta es lo que queda de propio en este modelo, y es deliberadamente estrecha. (autocrítica)
La reserva moral: el Zeitgeist Algorítmico
Antes de la geometría, la razón de ser. Este modelo no nació de un interés por formalismos espaciales; nació de una hipótesis anterior sobre lo que ocurrió con el espíritu de la época, y es de esa hipótesis de donde extrae toda su urgencia.
Durante siglos, el Zeitgeist parecía casi invisible. Moldeaba comportamientos, valores, creencias y percepciones colectivas sin que la mayoría de las personas advirtiera claramente su actuación: se nacía dentro de una atmósfera cultural y se la absorbía como natural. La cultura operaba silenciosamente, y a velocidad lenta. La formación del consenso dependía de instituciones estables — escuelas, universidades, iglesias, periódicos, radio, televisión. El siglo XX fue quizá el auge de ese modelo: pocos emisores transmitían símbolos y narrativas a millones de personas simultáneamente, y había una narrativa cultural dominante suficientemente fuerte para organizar la percepción colectiva de la realidad.
Las plataformas digitales alteraron estructuralmente esa dinámica. Lo que era vertical se volvió horizontal; lo que era lento se volvió instantáneo; lo que era relativamente centralizado se volvió fragmentado, algorítmico y permanentemente mutable. Hoy no existe solamente un Zeitgeist dominante: existen múltiples micro-Zeitgeists coexistiendo, y cada burbuja desarrolla lenguaje propio, referencias propias, valores propios, enemigos propios y formas propias de percepción moral y política.
Las micro-hegemonías algorítmicas
Ese fenómeno tiene un nombre, y deriva directamente de la actualización de la teoría gramsciana de la hegemonía cultural al ambiente tecnodigital. Donde Gramsci describió el poder que se sostiene por la capacidad de hacer que determinados valores sean percibidos como naturales, las plataformas producen no una hegemonía relativamente unificada, sino múltiples polos concurrentes de influencia mediados por algoritmos. Cada comunidad digital pasa a operar dentro de un universo semántico parcialmente cerrado, reforzado por sistemas de recomendación que intensifican la pertenencia identitaria y la confirmación ideológica.
La consecuencia decisiva es epistemológica, y no solamente comunicacional: el algoritmo deja de ser un mero intermediario técnico y asume una función epistemológica. Organiza aquello que puede ser visto, discutido, legitimado y emocionalmente intensificado. Ya no existe un único espíritu de la época ampliamente compartido, sino múltiples regímenes concurrentes de percepción social, cada cual sostenido por arquitecturas específicas de visibilidad.
Si cada micro-hegemonía es un régimen concurrente de percepción, entonces cada micro-hegemonía es un observador — y cada observador traza sus propias líneas entre los mismos puntos de luz.
Es aquí donde la hipótesis anterior encuentra la necesidad de una estructura formal. Cada observador produce constelaciones distintas a partir de un cielo de hechos solo parcialmente compartido. La Constelación Política es el intento de dar forma calculable a esa afirmación.
Por qué esto es una cuestión moral, y no solo descriptiva
Habermas sostuvo que las democracias modernas dependen de espacios compartidos de debate racional orientados por la argumentación. La lógica algorítmica tensiona ese modelo directamente, porque privilegia la intensidad emocional, la velocidad y el enganche, con frecuencia en detrimento de la deliberación — y el resultado es una crisis estructural de la racionalidad pública, en la cual la sociedad pierde las referencias epistemológicas compartidas capaces de sostener consensos mínimos.
Conviene ser preciso en cuanto al mecanismo, porque la precisión aquí es lo que separa un argumento de una acusación. Las emociones de alta intensidad — indignación, miedo, pertenencia, ansiedad — reciben prioridad algorítmica porque aumentan la retención y la difusión. Así, la arquitectura técnica de las plataformas favorece estructuralmente la polarización, la simplificación narrativa y la radicalización afectiva. El punto no depende de atribuir intención a nadie: depende solamente de reconocer qué es lo que optimiza la optimización por enganche. Agrupar por afinidad emocional no es lo mismo que agrupar por proximidad programática, y es la primera operación que ejecutan los sistemas, no la segunda.
De ahí se deriva la consecuencia concreta para el ciudadano común: pasa a creer que existen solamente dos campos, cada uno internamente cohesionado, y que su tarea es elegir un paquete cerrado de posiciones — no evaluar, tema por tema, lo que de hecho le interesa. La regla de 1789 sobrevive no por virtud teórica, sino porque es la forma más compacta de organizar afecto a escala.
Este es un marco de escala civilizatoria, y lo que se entrega hoy es un prototipo navegable en el navegador. La desproporción entre ambas cosas es real y está examinada en detalle en la autocrítica.
Eysenck, la herradura y el límite de la corrección puntual
El primer intento relevante de cruzar el eje izquierda-derecha con una segunda dimensión no vino de Faye, sino de Hans Eysenck, casi una década antes. En The Psychology of Politics, de 1954, Eysenck propuso un segundo eje — que llamó tough-minded frente a tender-minded — y, a partir del análisis factorial de cuestionarios, argumentó que fascistas y comunistas puntuaban de forma semejante en dureza mental y sumisión autoritaria, diferenciándose de los centristas.
Solo después, a comienzos de la década de 1970, el filósofo francés Jean-Pierre Faye popularizó la metáfora visual de la herradura, en Langages totalitaires: en vez de alejarse indefinidamente, los extremos se aproximan en las puntas. Conviene no confundirlo con Guillaume Faye, autor de otra tradición política, con quien no guarda relación. E incluso esa atribución es discutida por los historiadores de la idea: el esquema de la herradura, Hufeisen en alemán, ya circulaba en el discurso político alemán desde los años treinta, ligado a diagramas del período de la República de Weimar. El texto de Faye está más bien reportando un esquema preexistente que inventando uno nuevo.
De Eysenck a Faye, lo que se repite es una corrección real, aunque parcial: ambos siguen asumiendo una línea, o un eje, como estructura de base, apenas cruzada o doblada. El problema de fondo — un eje único, impuesto desde fuera — permanece intacto. Se cambió la curvatura, o se sumó una dimensión; no la lógica.
Regístrese, en favor de la herradura, que no se quedó en simple metáfora: existen hoy modelos que proyectan posiciones sobre el círculo unitario justamente para captar la convergencia conductual entre extremos y corregir las distorsiones de proyectar comportamiento político en un espacio lineal. La intuición de Faye ganó formalización. Lo que no ganó fue libertad respecto del eje.
Los ejes múltiples y el límite de la visualización
El activista libertario David Nolan publicó su diagrama de dos ejes — libertad económica cruzada con libertad personal — en 1971, aún en la misma década de Faye. Treinta años después, en 2001, apareció la Brújula Política, cruzando un eje económico con un eje autoritario-libertario en formato de sitio interactivo; su creación se atribuye al periodista Wayne Brittenden, aunque el propio sitio no identifica autoría. Entre uno y otro median casi tres décadas, lo que desaconseja citarlos lado a lado como si fueran contemporáneos.
La pregunta natural es la misma para los dos: ¿por qué detenerse en dos dimensiones? Aumentar los ejes no resuelve el problema cartesiano original; apenas lo disfraza en más dimensiones, porque alguien continúa decidiendo, desde fuera, lo que significa cada eje.
Y hay un límite técnico que se revela más severo de lo que sugiere la intuición. En espacios de muchas dimensiones, las distancias entre puntos tienden a concentrarse: la razón entre el vecino más próximo y el más distante se aproxima a uno. El problema no es que cada punto quede aislado de los demás; es que todos pasan a estar aproximadamente a la misma distancia de todos, y la noción misma de proximidad pierde poder de discriminación. Es la maldición de la dimensionalidad en su forma más desfavorable para cualquier modelo temático.
Hay un punto más allá del cual más dimensiones producen un cielo en el que nada está cerca de nada.
La advertencia vale contra este modelo tanto como contra los otros, y queda registrada como límite de crecimiento: añadir temas indefinidamente no aumenta la información disponible, la degrada.
El giro: gravedad sin sol, espacio sin eje
El giro conceptual ocurrió cuando la pregunta dejó de ser “cuántos ejes necesitamos” y pasó a ser otra: ¿y si no estuviéramos en el plano de un gráfico, sino en el espacio — donde no hay un sol único que atrae todos los cuerpos hacia un centro, solo cuerpos entre sí, aproximándose o alejándose por afinidad de pensamiento?
La formulación, cuando apareció, tenía la cualidad de las ideas que parecen obvias después de dichas: no un cubo político en vez de una línea, sino un espacio puramente relacional, donde la única información de entrada es la proximidad entre posiciones, y donde la geometría — incluida la existencia o no de ejes — es consecuencia de los datos, no imposición previa sobre ellos.
El descubrimiento que reorganizó el proyecto
Fue al buscar quién ya hubiese formulado algo así como el proyecto encontró su momento más instructivo. La respuesta es: prácticamente todos, y desde hace mucho tiempo.
La clase de técnicas cuyo objetivo es localizar objetos en un espacio de baja dimensión de modo que las distancias entre los puntos correspondan a disimilitudes observadas fue formulada por Warren Torgerson en 1952, con un precursor en el procedimiento de Young y Householder de 1938. La entrada es solamente una matriz de proximidades; la geometría es salida, no entrada. En 1962, Roger Shepard trató el problema con función de distancia desconocida — es decir, sin estipular previamente la métrica del espacio. Y en 1964 Joseph Kruskal convirtió la intuición en método, definiendo una función de pérdida explícita, el stress, que transformó la pregunta “¿cuántas dimensiones?” de cuestión doctrinaria en cuestión empírica: deténgase donde el stress deje de caer de forma significativa.
Pero el hallazgo que más importa es de 1970. Aquel año, J. Douglas Carroll y Jih-Jie Chang publicaron un modelo de diferencias individuales en el que se postula un espacio común de estímulos, compartido por todos, y en el que cada individuo pondera de modo diferente cada una de las dimensiones de ese espacio. Los pesos individuales distorsionan sistemáticamente el espacio común y producen, para cada persona, lo que la literatura llama espacio privado. Las distancias en el espacio común son euclidianas ponderadas; en los espacios privados, euclidianas simples.
Esa es, con exactitud, la arquitectura matemática de la Constelación Política. No una analogía: la misma clase de modelo.
Un conjunto de partidos en un espacio común de dimensiones temáticas; un conjunto de pesos por observador; un cielo privado como resultado. Reconocerlo cuesta la reivindicación de originalidad formal, y el intercambio es ventajoso en tres frentes: una métrica declarada, un régimen de falsabilidad, y más de cincuenta años de literatura sobre las propiedades y los límites del modelo.
Sobre todo, permite enunciar con precisión lo que queda de propio — y lo que queda es una inversión lo bastante estrecha para ser verificada. En el modelo de 1970, los pesos son estimados por un investigador, a partir de juicios recogidos del sujeto, para explicar por qué personas diferentes perciben el mismo conjunto de estímulos de modo diferente; el espacio privado es un hallazgo sobre el sujeto, y va hacia el investigador. Aquí, los pesos son declarados por el propio sujeto, y el espacio privado es el producto que se le entrega. La operación es la misma. La dirección es inversa.
El linaje aplicado: los instrumentos que ya entregan el cálculo al ciudadano
Hay un segundo linaje, y no es metodológico: es de aplicación. Su fundamento teórico es el modelo de proximidad formulado por Anthony Downs en 1957, según el cual el votante tiende a preferir la alternativa más próxima a sus propias posiciones. Sobre ese fundamento se construyó, a partir de los años noventa, una familia de instrumentos que informa al usuario su proximidad respecto de las posiciones de los partidos, indicando cuáles están más cerca de sus preferencias declaradas.
Es preciso decir con claridad lo que eso significa para este proyecto. La mayoría de esos instrumentos permite al usuario aumentar el peso de los temas que considera especialmente importantes y reducir el de aquellos que le son indiferentes, con esa ponderación incorporada al cálculo de la distancia. El mecanismo es, por tanto, el mismo que aquí se describe: posiciones declaradas por el propio observador, pesos declarados por el propio observador, distancia ponderada como resultado, entregada a quien respondió. Y la escala no es experimental: uno solo de esos instrumentos, en Alemania, fue utilizado por más de veintiún millones de personas en una elección federal; en los Países Bajos, dos de ellos sumaron cerca de seis millones ochocientos cincuenta mil usuarios solamente en la semana previa a unos comicios nacionales.
La inversión de destinatario, tomada aisladamente, no es por tanto una contribución de este modelo. Reconocerlo es obligación elemental, y lo que resta después del reconocimiento se examina en la sección XI, donde también se registran las críticas que esa familia de instrumentos recibe y que se aplican íntegramente a este. (autocrítica)
El observador que distorsiona el mapa
Un segundo encuentro confirmó que la intuición central no era solo defendible, sino medible. En un artículo de 1977, John Aldrich y Richard McKelvey introdujeron un método para corregir lo que se llama funcionamiento diferencial de los ítems: el hecho de que los encuestados perciben y utilizan la misma escala ideológica de maneras fundamentalmente diferentes, produciendo posicionamientos divergentes de los mismos estímulos. Hay un subcaso que es, palabra por palabra, una de las propiedades de este modelo, y se llama sesgo de racionalización: la tendencia a desplazar lejos de sí las posiciones de los partidos que se rechazan y cerca de sí las de los partidos que se prefieren.
La propiedad que este ensayo llama el observador que traza las líneas no es, por tanto, licencia poética importada de la astronomía. Es un fenómeno medido desde hace casi cincuenta años, y la hipótesis de las micro-hegemonías gana con ello algo más valioso que una metáfora: gana un método por el cual podría ser puesta a prueba.
La tradición relacional
El rechazo de una jerarquía externa al fenómeno tampoco es una invención reciente. La relacionalidad es el centro de la sociología de Pierre Bourdieu, hasta el punto de que él prefería hablar no de una teoría, sino de un sistema de conceptos relacionales, y de sostener que lo real es relacional; la distinción, para él, no es otra cosa que diferencia, intervalo, rasgo distintivo — propiedad que existe solamente en y por su relación con otras propiedades.
Lo que importa es el método. En La Distinción, de 1979, Bourdieu aplicó el análisis de correspondencias múltiples a datos de renta, ocupación y prácticas culturales, posicionando individuos, ocupaciones y actividades en un plano, y solo entonces interpretó los ejes encontrados: la primera dimensión como volumen total de capital, la segunda como contraste entre capital económico y capital cultural. Obsérvese el orden lógico: los ejes no fueron estipulados y después rellenados con datos; fueron derivados de los datos y después interpretados. Es el inverso exacto de la brújula política, y se hizo con datos cuarenta y siete años antes de este ensayo.
La honestidad obliga a registrar la crítica que el linaje arrastra, porque se aplicará también a este modelo: se sostiene que Bourdieu privilegia las relaciones entre posiciones en detrimento de la sustancia de esas posiciones. Un modelo que solo informa distancia corre el riesgo de terminar mudo sobre el contenido de aquello que separa. Es una vulnerabilidad real, y no hay por qué esconder que es compartida. (autocrítica)
Sobre Benjamin, Adorno y Habermas
Queda una coincidencia de vocabulario que merece ser nombrada en vez de escondida. Walter Benjamin propuso, en una obra concluida en 1925 y publicada en 1928, que las ideas son a los objetos lo que las constelaciones son a las estrellas; Theodor Adorno llevó la imagen más lejos como método explícito en la Dialéctica Negativa, disponiendo conceptos alrededor de un objeto sin forzar una síntesis clasificatoria; Jürgen Habermas usó el término en sentido político en Die postnationale Konstellation, de 1998.
La mención existe por desambiguación, y no por herencia. La Konstellation de Fráncfort es una metáfora epistemológica sobre cómo se relacionan conceptos abstractos en prosa filosófica; este modelo calcula distancias entre posiciones reales alrededor de un observador situado. El parentesco de espíritu — rechazar una jerarquía impuesta desde fuera — es genuino, pero el parentesco metodológico es con Torgerson, Carroll, Aldrich y Bourdieu. Quien operó el rechazo con datos fue la sociología relacional; la filosofía alemana ofreció la imagen, y es justo decir solamente eso.
Por qué el eje único describe bien un mundo que terminó
Hay una objeción seria que enfrentar, y no viene de la filosofía: viene de los datos. Cuando se estiman posiciones de parlamentarios a partir de votaciones nominales, sin imponer ningún eje, el eje izquierda-derecha reaparece por cuenta propia. En el Congreso de los Estados Unidos se demostró que las votaciones pueden explicarse por no más de dos dimensiones a lo largo de casi toda la historia del país, con un colapso reciente en una única dimensión. El eje no sobrevive solamente por inercia de 1789: en ciertos contextos, emerge de los datos cuando nadie lo impone.
La respuesta no es negar el hallazgo, sino observar qué describe exactamente — porque lo que describe es precisamente el mundo cuya disolución documenta el Zeitgeist Algorítmico.
Primero, esos hallazgos miden comportamiento de voto de elites parlamentarias que operan bajo disciplina de bloque y cálculo de coalición. Eso no es proximidad de contenido percibida por ciudadanos, y la distinción no es retórica: un parlamentario puede votar con el gobierno por aritmética de coalición y divergir de él en la mayoría de los temas que interesan a quienes lo eligieron. La línea capta el voto; no capta lo que el votante está intentando descubrir. El alineamiento efectivo en el legislativo y la posición percibida por el electorado son magnitudes distintas, y es en el intervalo entre ambas donde opera este modelo.
Segundo, y más importante: la unidimensionalidad es la firma estadística de un régimen de mediación simbólica centralizada. Describe sociedades en que pocos emisores organizaban la percepción colectiva, en que existía una narrativa cultural dominante suficientemente fuerte para alinear posiciones en un único continuo, y en que el consenso se sedimentaba lentamente a través de instituciones estables. Cuanto más centralizada la mediación, menos dimensiones son necesarias para describir el resultado — y eso no es coincidencia, es consecuencia.
Lo que la hipótesis del Zeitgeist Algorítmico sostiene es que ese régimen terminó. La hegemonía cultural se atomizó en micro-hegemonías concurrentes; la esfera pública se fragmentó en microesferas sin referencias comunes estables; las narrativas legitimadoras unificadoras colapsaron en múltiples regímenes de verdad mediados algorítmicamente. Un instrumento calibrado para medir el mundo anterior seguirá funcionando bien allí donde subsisten sus condiciones — dentro de un pleno, bajo disciplina partidaria, con agenda controlada — y seguirá ciego para aquello que se organizó fuera de allí.
El eje único no es el adversario de este modelo. Es su línea de base.
La pregunta que hace este ensayo no es si la línea alguna vez describió bien algo; es qué queda de ella cuando la mediación que la producía desapareció, y cuando quien observa el cielo político ya no es un público relativamente unificado, sino alguien dentro de un régimen de percepción entre muchos.
Hay, incluso, un camino empírico ya abierto para investigar esto, y no pasa por votaciones nominales. Datos producidos por instrumentos de proximidad respondidos por ciudadanos fueron usados, en un trabajo de 2012, para explorar la dimensionalidad del espacio de políticas en cuatro países, entre ellos Brasil. Es decir: la pregunta sobre cuántas dimensiones describen el espacio político percibido puede atacarse con el mismo tipo de dato que este modelo recoge — y debe serlo, antes de que se haga desde aquí cualquier afirmación sobre pluralidad dimensional brasileña.
Conviene no convertir esto en una afirmación empírica mayor de lo que la evidencia permite. Que el espacio político percibido hoy sea irreductible a una dimensión es hipótesis, no resultado demostrado. La diferencia entre este texto y una metáfora es que la hipótesis, aquí, está formulada de modo que pueda ser puesta a prueba — y la sección siguiente declara con qué instrumento.
Definición formal: siete temas, pesos del observador, origen en el observador
La concesión, primero
La crítica más seria que recibe este modelo es también la más simple de formular: por debajo de la metáfora estelar, cada partido es posicionado por siete números — economía, costumbres, instituciones, política exterior, seguridad, medio ambiente y tecnología —, cada uno variando de menos cien a más cien. Eso es, técnicamente, un sistema cartesiano de siete dimensiones. El modelo no eliminó el eje; lo multiplicó por siete.
La crítica es correcta y debe aceptarse sin atenuantes. La elección de los siete temas es una imposición previa sobre los datos, del mismo tipo que la que hizo Nolan en 1971 al elegir dos vértices. Y el número no tiene justificación teórica propia: siete fue lo que pareció cubrir bien el debate público brasileño en el momento en que se construyó el prototipo — elección pragmática, tan arbitraria como la de Nolan por dos. (autocrítica)
La formulación precisa es, por tanto, esta: lo que este modelo no impone desde fuera no son las variables. Son el origen y la ponderación. Las dimensiones son declaradas por quien construye el modelo, y eso es una limitación asumida. Lo que pertenece al observador es dónde queda el cero y cuánto pesa cada tema. Un eje cartesiano tradicional tiene el origen definido de antemano — el cero de la regla ya está allí antes de que entre cualquier dato. Aquí, cada tema es un vértice sin centro hasta que una persona concreta se posiciona; solo entonces se convierte en coordenada real, y únicamente para aquel observador, en aquel momento.
La métrica
Los treinta partidos registrados en el Tribunal Superior Electoral ocupan un espacio común de siete dimensiones. El observador ocupa una posición en ese mismo espacio, determinada por sus respuestas al Sextante Estelar, y declara un peso para cada tema según la importancia que le atribuye. La distancia entre el observador y cada partido es una distancia euclidiana ponderada:
donde o es la posición del observador, p la posición del partido y w el peso que el observador atribuyó a aquel tema. Cuando todos los pesos son iguales, la expresión se reduce a la distancia euclidiana simple: el cielo igualmente ponderado es solo un caso particular del cielo de cada persona. La normalización de los pesos y el tratamiento de temas con peso nulo integran la documentación del experimento, para que el cálculo sea reproducible por terceros.
Declarar la métrica tiene una consecuencia que interesa más que la precisión: vuelve falsable el modelo. Es posible verificar si las distancias calculadas predicen la intención de voto declarada, o la concordancia temática medida por otros instrumentos, mejor o peor que la autoubicación en una escala izquierda-derecha. Mientras la distancia permanece metáfora, no hay manera de que el modelo se equivoque — y un modelo que no puede equivocarse no informa nada.
Cabe registrar, aquí y no en nota, que ponderar distancias por importancia declarada no es un procedimiento inédito: es práctica corriente en los instrumentos de proximidad descritos en la sección V, en los que marcar un tema como importante suele duplicar su efecto en el cálculo, y marcarlo como indiferente suele reducirlo a la mitad. Lo que difiere en este modelo no es la ponderación, es la salida. Aquellos instrumentos devuelven un grado de compatibilidad — un número, un ranking, o una proyección en ejes predefinidos. Aquí, la salida es una configuración: además de la distancia entre el observador y cada partido, se alteran las distancias de los partidos entre sí, porque todas se recalculan bajo la misma ponderación. El usuario no recibe solamente la respuesta sobre de quién está más cerca; recibe la forma que asume el campo cuando se lo mide con sus propios criterios.
Esa es una diferencia de representación, y es menor que la diferencia que este ensayo llegó a suponer que tenía. También es verificable, lo que la vuelve preferible a una alegación mayor y vaga.
La naturaleza de los datos
Los datos de posición de los partidos usados en el experimento son ilustrativos, aproximados a partir de literatura de ciencia política sobre el sistema de partidos brasileño. No constituyen medición validada, y el experimento no debe leerse como tal. Una versión de producción sustituiría esas aproximaciones por fuentes verificables: el índice Rile del Manifesto Project, encuestas de expertos, o votaciones nominales recientes desagregadas por tema.
Quedan registradas dos consecuencias. La primera es que el hallazgo de que ningún partido brasileño registrado cruza el umbral de extrema derecha según la fórmula simétrica adoptada es un resultado real del cálculo, pero apoyado en aproximaciones parciales, y no debe circular como conclusión empírica. La segunda es que la cobertura de votaciones legislativas por tema es todavía fragmentaria, lo que limita cualquier afirmación sobre la posición de un partido en un tema específico. (autocrítica)
La dirección de desarrollo
Si la autoridad sobre el origen del espacio pertenece a quien observa, la autoridad sobre qué dimensiones existen en ese espacio debería, en principio, pertenecerle también. El prototipo actual no lo permite: la lista de siete temas es heredada, no elegida. Esa es la incoherencia remanente del modelo, y la salida no es encontrar el número correcto de temas — es permitir que cada observador arme su propia configuración de vértices. Queda registrado como limitación de implementación y dirección de trabajo, no como decisión cerrada. (autocrítica)
Las cinco propiedades
Descritas las dimensiones y la métrica, cinco propiedades distinguen el modelo tanto de la línea cartesiana como de la herradura y de los diagramas de ejes fijos.
Fotografía temporal. El modelo no describe una estructura permanente, sino un recorte válido para el instante en que se lo observa. Rehecha la observación, con otros pesos u otros datos, la constelación se reconfigura.
Distancia aparente. La proximidad observada entre dos posiciones nunca es absoluta — como dos estrellas vecinas en el cielo nocturno y separadas por distancias reales inmensas. Dos posiciones pueden parecer próximas solamente porque el ángulo de observación no revela la dimensión en la que divergen.
El observador que traza las líneas. La figura de la constelación no existe objetivamente entre los puntos: la construye quien observa. Esta propiedad exige, sin embargo, una distinción en tres niveles, sin la cual el modelo pierde el derecho de criticar cualquier observación ajena — y es el asunto de la sección IX.
Magnitud desigual. No todo punto atrae con la misma fuerza. Alcance, enganche e intensidad emocional funcionan como el brillo de una estrella — y brillo no es proximidad: la posición más visible del cielo político no es, por eso, la más próxima a quien la ve.
Superposición de pertenencia. Una misma posición puede integrar múltiples constelaciones simultáneamente, una por tema en disputa. Lo que en la línea única aparece como contradicción es, aquí, condición normal.
La función cívica: el punto ciego medido
Un modelo puede ser conceptualmente elegante y, aun así, no responder a la pregunta más básica: ¿para qué sirve, en la práctica, a quien no es científico político ni desarrollador de software? La respuesta comienza donde terminó el Zeitgeist Algorítmico.
Tres niveles, para no perder el derecho de criticar
Si toda constelación es obra de un observador, entonces la constelación dibujada por una plataforma es tan legítima como la de cualquier persona, y la crítica al algoritmo se derrumba por contradicción interna. Hablar de proximidad real de posición y, al mismo tiempo, de la inexistencia objetiva de la constelación exige separar tres niveles.
Hay, primero, similitud de contenido entre posiciones: dos programas concuerdan o divergen en cada tema, y eso es verificable por documentos, votos y declaraciones, independientemente de quién observe. Hay, segundo, proximidad aparente, que depende del punto de observación y de la ponderación — y esa varía legítimamente de persona a persona, porque personas diferentes atribuyen importancia diferente a los mismos temas. Hay, tercero, la cuestión de quién define el punto de observación.
La crítica al mapa algorítmico no es una crítica de exactitud. Es una crítica de autonomía.
El problema no es que la plataforma vea mal: es que el punto de vista desde el cual dibuja no fue elegido por quien recibe el dibujo, y los pesos que aplica no son los que el ciudadano declararía si se le preguntara. La ponderación por enganche es legítima para los fines de quien la aplica. Solo que no es la del ciudadano — y él no fue consultado.
El dato que justifica el instrumento
Hay razón empírica, y no solamente normativa, para querer devolver el instrumento a quien es medido por él. Viene del linaje de corrección perceptiva iniciado en 1977 y consolidado en una implementación bayesiana publicada en 2015.
El funcionamiento diferencial de los ítems sesga las autoubicaciones en escala ideológica de modo que subestima la polarización real del electorado. Corregido el sesgo, cuarenta y cuatro por ciento de los encuestados aparecen como más extremos que cualquiera de los dos candidatos presidenciales en disputa; y entre los autodeclarados moderados, treinta y cuatro por ciento son clasificados como extremos con base en patrones de voto — fenómeno descrito en la literatura como moderación ilusoria. Al mismo tiempo, las percepciones que los ciudadanos tienen de la posición de los demás, una vez corregidas, se correlacionan fuertemente con el comportamiento efectivo.
El ciudadano percibe razonablemente bien dónde están los otros. Se equivoca de modo sistemático sobre dónde está él mismo. La autopercepción es el punto ciego.
Y es justamente lo que ningún instrumento existente le devuelve. El ejemplo concreto vale más que la estadística. En 2012, en los Estados Unidos, casi un tercio de los encuestados que votaron por Barack Obama clasificaron tanto a él como a sí mismos como moderados o ligeramente liberales, mientras cerca de sesenta por ciento de los votantes de Mitt Romney colocaron a Obama en la posición más a la izquierda posible de la escala. El mismo objeto, dos cielos diferentes — y, en ambos, una autoubicación más cómoda de lo que el voto sostenía.
La evidencia de que el instrumento funciona, y la de que no alcanza a quien debería
El hallazgo de la moderación ilusoria demuestra la existencia del punto ciego. No demuestra, por sí, que entregar un instrumento de autoubicación la corrija — son proposiciones distintas, y el paso entre ellas necesita evidencia propia. Existe, y viene de los instrumentos de proximidad ya mencionados. (autocrítica)
Se observó que los usuarios con escolaridad media o baja ganan una conciencia ampliada de las posiciones partidarias y de las diferencias entre partidos, y que ese efecto de aprendizaje eleva la probabilidad de movilización, de reconsideración de la elección o de refuerzo de una decisión ya tomada. Se observó también que la irritación provocada cuando el partido preferido no aparece en el tope del resultado puede llevar al cambio efectivo de voto. Eso es, en términos concretos, la confrontación con la autoimagen política sucediendo — y es la mejor evidencia disponible de que instrumentos de este tipo producen algo más que entretenimiento cívico.
La misma literatura, sin embargo, impone una corrección de expectativa que este ensayo no puede omitir: tales instrumentos son utilizados desproporcionadamente por personas más jóvenes, con más escolaridad formal y con interés político previo más elevado. Si el patrón se repite aquí, el instrumento alcanzará preferentemente a quien ya examina sus propias posiciones, y no a quien acepta paquetes cerrados sin revisarlos. La función cívica permanece legítima, pero su alcance real es más estrecho de lo que sugiere la formulación generosa, y es honesto decirlo antes de que alguien lo diga. (autocrítica)
Las dos funciones
La primera es diagnóstica. Al disolver el paquete cerrado en siete temas ponderados por quien observa, el modelo revela lo que la línea única esconde: dos personas pueden considerarse rivales y estar próximas en cuatro de los siete temas; dos personas del mismo lado pueden divergir drásticamente en el tema que más importa a una de ellas. Y, sobre todo, un ciudadano puede descubrir que el partido más próximo a sus posiciones ponderadas no es aquel cuya etiqueta él carga. Eso es información real, no retórica — y hoy solo existe fragmentada, dentro de sistemas que la calculan a su respecto, nunca visible para quien es observado por ellos.
La segunda es de protección cognitiva. Si la constelación que alguien ve la dibuja quien observa — y hoy, en la práctica, quien observa a escala es el algoritmo —, entonces saberlo ya es una defensa. Reconocer que la proposición según la cual izquierda y derecha son bloques opuestos e internamente uniformes es una línea dibujada por un observador específico, bajo una ponderación específica, es el primer paso para dejar de tratarla como hecho de la naturaleza. Y el hallazgo de la moderación ilusoria muestra que la autoimagen política es construida — lo que significa que puede ser examinada.
Conviene no prometer más que eso. Ningún modelo devuelve autonomía de juicio a quien no quiera ejercerla, y la afirmación de que este devuelve algo es una apuesta normativa, no un resultado comprobado. Lo que se ofrece es la perspectiva propia — la posición desde la cual cada persona observa el cielo político — a quien ya pretende decidir tema por tema, en vez de aceptar el paquete cerrado que la última red social visitada decidió mostrar.
El Sextante Estelar: referencial local, no eje global
Un modelo espacial solo es útil si quien lo observa también consigue ubicarse dentro de él. La solución no es reintroducir ejes, sino importar de la propia astronomía la herramienta que resuelve ese problema desde hace milenios: la navegación por estrellas guía.
El efecto pretendido es dar al lector una experiencia casi física de materializarse dentro del propio modelo, como un astronauta suspendido en un campo de estrellas.
Esto suscita una objeción inmediata y legítima: una estrella guía es un punto de referencia fijo, y el modelo acaba de rechazar los puntos de referencia fijos. La distinción existe y necesita ser argumentada, no presupuesta. Un referencial local de navegación y un referencial global de clasificación difieren en tres aspectos. El primero es plural: cualquier conjunto suficiente de estrellas sirve, y navegantes distintos pueden usar conjuntos distintos para llegar al mismo lugar. El segundo es instrumental: sirve para responder dónde estoy en relación con esto, no qué es esto. El tercero es revisable sin costo: cambiar de estrella guía no reorganiza el cielo, solo el modo de mirarlo. Un eje global de clasificación no tiene ninguna de esas propiedades — es único, es atributivo, y cambiarlo redefine todos los objetos que clasificaba.
Ningún navegante necesita comprender la estructura tridimensional completa del universo para orientarse en el océano; basta reconocer algunas estrellas y ubicarse por proximidad relativa a ellas. Es esa capacidad de autoubicación concreta, preservando la fluidez espacial del modelo, la que transforma la Constelación Política de metáfora elegante en instrumento con función real para quien la lee.
La dificultad que el instrumento necesita enfrentar
Hay una objeción que la honestidad obliga a anticipar, y es seria. Los métodos de corrección de percepción desarrollados en este linaje presentan sesgo en dirección a resultados unidimensionales, y ese sesgo se acentúa justamente para encuestados de baja información política — que son, por definición, el público más numeroso de cualquier instrumento cívico de acceso abierto. Un sextante destinado a todos tiende a devolver, a quien más lo necesita, un cielo más achatado que el real. (autocrítica)
La literatura ofrece caminos: la modelización explícita del sesgo de racionalización y el uso de viñetas de anclaje, que describen programas ficticios para calibrar la escala sin suponer que todos los encuestados perciban a un mismo actor de modo idéntico. Hay también un requisito de identificación relevante para el diseño del cuestionario, y no meramente técnico: son necesarios al menos tres estímulos externos para que la corrección sea identificable. Incorporar eso al Sextante es tarea pendiente, y queda registrada como tal.
Lo que este modelo no pretende ser
La Constelación Política no pretende sustituir a los modelos de estimación de posiciones como herramienta de medición científica. No compite con la estimación de puntos ideales a partir de votaciones nominales, ni con el escalamiento a partir de textos, ni con la corrección bayesiana de percepciones en encuestas por muestreo. Esos instrumentos son mejores que este en lo que hacen, y este modelo depende de ellos para obtener los datos que necesita.
Tampoco pretende ser una aplicación de asesoramiento electoral, y la distinción importa porque el parentesco es evidente. Aquellos instrumentos existen para responder a una pregunta práctica — a quién votar — y su recomendación implícita es votar al más próximo. Este modelo no recomienda voto, no se organiza en torno a unos comicios y no trata la menor distancia como consejo. Su objeto es la estructura del campo y la dependencia de esa estructura respecto de quien observa. Son finalidades diferentes que operan sobre un mecanismo semejante, y confundirlas perjudicaría a ambas.
Eso no exime a este modelo de las críticas que aquella familia recibe, y todas se aplican. Los instrumentos de proximidad desconsideran la credibilidad, la capacidad de respuesta y la competencia de los actores; tratan posiciones declaradas, y no resultados entregados, como lo que importa; y son vulnerables a la manipulación estratégica, porque un partido que conoce el instrumento puede declarar posiciones calculadas para mejorar su colocación. La última vulnerabilidad es seria aquí: cuanto más circula un modelo de este tipo, más ventajoso se vuelve, para quien es medido por él, presentarse de modo de ser bien medido. Ninguna solución para eso está implementada. (autocrítica)
Tampoco pretende ser un test de identidad política, ni producir un veredicto sobre quién es alguien. La salida del modelo es una lista ordenada de distancias bajo una ponderación declarada, válida para el momento de la observación. Cambiada la ponderación, cambia el orden — y eso no es defecto: es lo que el instrumento se propone mostrar.
Lo que ofrece es una corrección de destinatario. La necesidad de ejes fijos no es una exigencia de la realidad política, y quien lo demostró primero, con datos, fue la tradición citada en la sección V. Lo que nadie de esa tradición hizo fue entregar el resultado a quien estaba siendo medido.
Cierre
Durante más de setenta años, el espacio relacional de la política fue calculado con competencia creciente. Psicometristas construyeron los métodos; científicos políticos estimaron las posiciones de legisladores; plataformas estimaron las posiciones de usuarios; campañas estimaron las posiciones de votantes. Y, en algún momento de los años noventa, alguien tuvo la buena idea de devolver parte de ese cálculo a quien estaba siendo medido — así nacieron los instrumentos de proximidad electoral, y este ensayo llegó a suponer que esa devolución aún no había ocurrido.
Ocurrió, y lo que queda por hacer es más modesto y más preciso: aquellos instrumentos devuelven una respuesta, no una configuración. Dicen de quién está más cerca el ciudadano; no muestran la forma que asume el campo cuando se lo ve desde donde él está, ni cómo las posiciones se reorganizan entre sí bajo los criterios que él declaró.
La pregunta que quedó sin instrumento no es quién me representa mejor, es cómo se acomoda el cielo cuando yo soy el punto de observación.
Al mismo tiempo, el espíritu de la época dejó de ser una abstracción histórica difusa y pasó a constituir un proceso técnicamente mediado, continuamente recalculado por sistemas que modulan percepción, emoción y visibilidad a escala planetaria. La humanidad se ha vuelto, de una vez, sujeto, observadora y objeto operativo de su propia formación cultural. Nunca tuvo tanto acceso al espectáculo de sí misma siendo formada — y nunca tuvo tan poco acceso al instrumento que le permitiría medir dónde, exactamente, quedó ella.
La Constelación Política es el intento de cerrar esa laguna con medios modestos: un modelo de 1970, una métrica declarada, datos todavía imperfectos y una diferencia de representación que cabe en una frase. No inventa el espacio relacional, no inventa la ponderación por importancia, no inventa la entrega del cálculo al ciudadano. Hace una sola cosa, y es la única que aún no estaba hecha: muestra el campo político como configuración, y coloca en el origen de esa configuración a la persona que está mirando.
Si el espíritu de la época contemporánea es continuamente recalculado, entonces quien es descrito por ese cálculo debería poder ejecutarlo por cuenta propia. No una estructura fija que ha de ser rellenada con datos, sino la fotografía legítima de un cielo que nunca deja de moverse, y que cambia de forma según el observador que lo contempla — tomada, esta vez, por la persona que está dentro de él.
Un universo 3D navegable con los partidos políticos. Ajusta los pesos, responde al Sextante Estelar, y observa cómo el cielo se reorganiza a tu alrededor. Los datos de posición son ilustrativos — lee la nota sobre los datos antes de sacar conclusiones.
Abrir el experimento →Lee también: la autocrítica
Este ensayo concede, en su propio cuerpo, las fragilidades que reconoce. Lo que permanece sin solución después de esas concesiones está reunido en una página propia, en forma de pasivo declarado — incluida la caída de una alegación que fue central en este proyecto. Leer la autocrítica →
Nota metodológica
Este artículo fue producido en régimen de Vibewriting — metodología de producción intelectual basada en la interacción entre pensamiento humano, sistemas de inteligencia artificial y revisión crítica autoral. El autor no terceriza la reflexión a la máquina, sino que utiliza estructuras algorítmicas como instrumentos de expansión cognitiva, organización conceptual y aceleración hermenéutica, realizando posteriormente el remate intelectual, filosófico y argumentativo del texto.
Nota sobre el estado de este texto
Este ensayo es obra en construcción, y el registro de las propias fragilidades integra el método, no lo compensa. Las limitaciones reconocidas a lo largo del texto — la arbitrariedad de la elección de los siete temas, la naturaleza ilustrativa de los datos, el sesgo unidimensional de los métodos de corrección perceptiva aplicados a encuestados de baja información, y la imposibilidad actual de que el lector defina sus propias dimensiones — son direcciones de trabajo abiertas, no decisiones cerradas. La crítica externa es parte del proceso, y es bienvenida con el mismo espíritu con que este texto se examina a sí mismo.
Nota sobre los datos
Los datos de posición partidaria empleados en el experimento interactivo son ilustrativos, aproximados a partir de literatura de ciencia política, y no constituyen medición validada. Ningún resultado del experimento debe citarse como hallazgo empírico.
Referencias
Textos de base del proyecto
- BECKHAUSER, L. A. O Zeitgeist Algorítmico. OAB Plural, 26 de mayo de 2026.
- BECKHAUSER, L. A. O Zeitgeist Algorítmico e a Visibilidade da Formação Cultural. OAB Plural, 26 de mayo de 2026.
Geometría relacional y espacios privados
- TORGERSON, W. S. Multidimensional scaling: I. Theory and method. Psychometrika, v. 17, n. 4, p. 401–419, 1952.
- SHEPARD, R. N. The analysis of proximities: multidimensional scaling with an unknown distance function. Psychometrika, v. 27, p. 125–140 y 219–246, 1962.
- KRUSKAL, J. B. Multidimensional scaling by optimizing goodness of fit to a nonmetric hypothesis. Psychometrika, v. 29, 1964.
- CARROLL, J. D.; CHANG, J. J. Analysis of individual differences in multidimensional scaling via an n-way generalization of “Eckart-Young” decomposition. Psychometrika, v. 35, n. 3, p. 283–319, 1970.
- YOUNG, G.; HOUSEHOLDER, A. S. Discussion of a set of points in terms of their mutual distances. Psychometrika, v. 3, p. 19–22, 1938.
Instrumentos de proximidad dirigidos al ciudadano
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- GARZIA, D.; MARSCHALL, S. Research on Voting Advice Applications: state of the art and future directions. Policy & Internet, 2016.
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Percepción, sesgo y corrección
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- HARE, C.; ARMSTRONG, D. A.; BAKKER, R.; CARROLL, R.; POOLE, K. T. Using Bayesian Aldrich-McKelvey scaling to study citizens’ ideological preferences and perceptions. American Journal of Political Science, v. 59, n. 3, p. 759–774, 2015.
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